10 de Mayo del 2016 - Lima PE

14 años viajando por el Perú (y sigo admirando a la gente y su costumbre)

Solo puedo recordar la escena: cortando el bejuco para inaugurar ese puente de madera bautizado por los pobladores con el nombre de Chuspi Huayco.

Lo construyeron en faena comunal tres días antes porque anuncié que llegaba. Sabían mis amigos y amigas de San Jerónimo (Jazán. Bongará. Amazonas) que iba a ser difícil cruzar la quebrada y querían (emocionados) que el registro del camino hacia los Sarcófagos del Cerro El Tigre no me de ninguna sorpresa.

Tanta ternura y confianza me sigue llenando de emoción como cuando en solemne ceremonia me entregan una bandeja con papas y cuyes, agradeciendo la visita y el que esté allí preguntándoles por la costumbre de esas cuatro imágenes que sacaron del templo y acompañaron en procesión alrededor de la plaza con panes y centilleros, con banda.

Ese inmenso cariño que desborda el corazón y le hace cosquillas haciéndonos derramar una (dos, varias lágrimas) es lo que motiva que aún en los peores momentos apueste por más paraderos. Pero no físicos, no geográficos ni paisajísticos, sino paraderos mágicos que consideren como valor máximo a una gente emprendedora y esforzada que sabe resguardar su tradición y quiere mostrarla para que todos la conozcan y quizá, tengan alguna posibilidad de concretar proyectos de vida y rentabilidad. 

¿Será posible entender que el patrimonio inmaterial de los pueblos es un sello de singularidad y podría ser (con compromiso y responsabilidad) la materia prima de un desarrollo sostenible, amigable con el entorno y encima, solidario y buena onda? No es tan difícil modificar conceptos y prácticas, desechar paternalismos y nostalgias absurdas. Es urgente inventariar saberes y ponerse a trabajar a favor de esas sensaciones y sensibilidades que nos reacomodan en un espacio y nos hacen sentir cada vez más vivos.

San Jerónimo es un gran ejemplo de desprendimiento puro. En un día intenso conocimos sus colores y formas: los antiguos paños pintados de la iglesia, las casullas agujereadas por el tiempo, los telares y crochets de las mujeres, los caldos y guisos con chochoca y pepitas de chiclayo, el por qué las manos cruzadas y el anillo son el símbolo del colegio, un colegio llamado Tito y Sofía en honor a dos víctimas mortales del vuelo 222 de Tans. Ese que se llevó a tanta gente cuando hace algunos años se estrelló en el Cerro Colorque.

Tito y Sofía eran esposos. En el segundo final unieron sus manos, solo eso encontraron de ellos.  Sin embargo, la generosidad de sus deudos ha hecho posible que en este pueblo, se los recuerde a cada rato. Con la indemnización de la línea aérea edificaron el centro educativo y muchos niños y adolescentes (al fin) tienen hoy la oportunidad de estudiar. De estudiar mirando con objetividad (y exagerado apego) lo que los rodea, huyendo del pájaro rojo, esperando que pronto esté lista la mazamorra de plátano y ese café de olla que cura hasta las peores heridas.

De hecho que las reflexiones de Julio, el presidente de la Asociación Comunal de Turismo, calan bien hondo y serán un aliciente para tanto joven que corretea por el campo cuidando al ganado: “voy bien temprano a la chacra, madrugo siempre, pero si me mandan visitantes, ahí sí que ordeno mi horario. Me doy tiempo para cumplir con las vaquitas y con esa gente que quiere conocer los sarcófagos. No me desanimo. Ya he leído varias cosas sobre los rituales funerarios, la historia del pueblo y conozco el camino. Es la mejor herencia que dejaré para mis hijos”.